A nadie le gusta estar desubicado. Por ello es sumamente importante saber ubicarse en la vida. Cuando alguien está donde no debiera estar se encuentra molesto e inseguro y las relaciones humanas se le hacen difíciles. Cuando una persona se encuentra desubicada es una persona frustrada y puede ser una molestia para las buenas relaciones con los otros.
Este domingo, las tres lecturas del quinto domingo del tiempo ordinario nos invitan a reflexionar sobre la VOCACIÓN. La vocación cristiana siempre será un misterio. La vocación es el llamado amoroso de Dios para que ocupemos en la vida el puesto que él nos ha designado. Siendo fieles al llamado de Dios estaremos ubicados.
La iniciativa es de Dios. Dios llamó a Isaías y contestó: “Aquí estoy, mándame”. Jesucristo eligió a los doce apóstoles y otros muchos discípulos; a ellos les encargó que fueran por todo el mundo evangelizando, bautizando y haciendo discípulos. Pero, hoy, como entonces, y, siempre, no hay muchas respuestas al llamado de Dios.
Hoy día, Dios sigue llamando, desea comunicar su vida a toda la humanidad. Para poder realizar esta tarea busca colaboradores. Sigue llamando a mujeres y hombres para que sirvan de colaboradores.
Llegar a descubrir la propia vocación es encontrar una razón fuerte para vivir. Es el requisito necesario para encontrarse ubicado en la vida. Podríamos decir siguiendo al mismo Cristo, hallar el tesoro escondido, la perla fina (Cfr. Mt 13,44-45) El ser cristiano es realmente haber encontrado lo más precioso de la vida, considerando insignificante todo lo demás.
No es fácil seguir la llamada de Dios, por ejemplo el profeta Isaías se siente impuro y asustado. El apóstol Pedro le pide a Jesús que se aparte de él, porque es pecador. De la misma manera, el apóstol Pablo se considera siempre un pecador, “el último de los apóstoles”.
Las tres lecturas de este domingo son como tres vocaciones o llamadas, las cuales se presentan como consecuencia de una experiencia profunda con Dios. Hay que darse cuenta que la vocación no es una mera suma de cualidades, ni siquiera una decisión de la persona. Es que la vocación viene de Dios, es descubrir a Dios mismo. La vocación supone una experiencia de Dios, un encuentro con Jesucristo que nos convierte en discípulos misioneros
En el origen de nuestra vocación cristiana a ser discípulos de Jesús, no habremos tenido una visión mística como Isaías, no nos habrá sucedido como a Pablo que cayó al suelo por aquella luz que le encegueció, ni una pesca milagrosa como con Pedro. Pero sí, de alguna manera, ha tenido que haber un sentimiento de fe y admiración por Cristo, la firme convicción de seguir a Cristo, cueste lo que cueste, llegando a relativizar las otras cosas.
Lo más importante en la gran vocación o llamada cristiana, es la persona que llama. No hay que considerar tanto la hermosura de la tarea a realizar, ni si coincide con nuestros gustos. Lo importante es que quien llama, es él mismo Dios. Por ello, toda vocación, empezando por la cristiana, siguiendo por la matrimonial, vida sacerdotal, vida consagrada o religiosa, supone una experiencia de Dios. Ya nos decía Juan Pablo II, “El encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América. El tema así formulado expresa claramente la centralidad de la persona de Jesucristo resucitado, presente en la vida de la Iglesia, que invita a la conversión, a la comunión y a la solidaridad” (EA nº 3).
Toda vocación es un llamado a servir, al estilo de Jesús. El gran servicio, el primero que nos manda Cristo a sus discípulos es: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio...” (Mt 28,19). “El punto de partida de este programa evangelizador es ciertamente el encuentro con el Señor” (EA nº 3). Esto, coincide perfectamente con el primer elemento que señala Aparecida para formar discípulos misioneros.
El mandato de Jesús “remar más adentro y echar las redes para pescar”, fue la invitación ardiente de Juan Pablo II: “Duc in altum”.
Jesús Pérez Rodríguez O. F. M.
ARZOBISPO DE SUCRE
Domingo, 07 de febrero de 2010.
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